Wasapeo: el reinado del argumento cero

Que el wasapeo se ha convertido en práctica extendida, ya no llama la atención de nadie. Llegó desde algún escritorio insomne del Pentágono, a ocupar lo que tanta falta hacía a la necesidad de comunicar a los cuatro vientos, cosas intrascendentes.

Hay gallos wasapeadores que, muy temprano en la mañana, escriben frases de sobrecito de azúcar, acuñados desde su extenso listado de integrantes de grupo. Conozco un cazador de párvulos, que dedica gran parte de su día a fabricar memes sobre diferentes cuestiones. Todas de suma trascendencia, obvio, que luego sus cándidas presas reparten por las redes, esto es, por el último reino de la nada. En este orden, la palabra sedimentaria cubre con su manto, casi imperceptible, el feed back. Y todo comienza de nuevo en una serie incesante de respuestas sin preguntas. 
Los más jóvenes cayeron en esa trampa más rápido que ligero y los mayorcitos, para esquivarle a la obsolescencia temprana, tomaron clases de tuiteo. Lo cierto es que venimos a comunicar lo a que nadie importa, cuestión que no sería tan jodida, si no fuera porque entre lo que dejamos sin decir está el argumento. Nada menos. 
La tecnología nos ha puesto al alcance de nuestras manos y bolsillos este maravilloso medio de comunicación que, curiosamente, nos comunica con toda la humanidad menos con la persona que tenemos al lado.
Ahora, como los argentinos le damos una vuelta de rosca a todos los inventos, utilizamos la nube para la política. Ahí sí que ha desarrollado sus extremos. En particular en la aldea, la vida privada a la que se intenta destrozar con posteos, siempre de efecto explosivo, termina convirtiendo a la palabra en rehén de los hechos y el imaginario, propio y ajeno, alimenta el círculo. Reemplazar el diálogo con los vecinos, en el marco de esta especie de dictadura nerds, saca a la socialización del medio hiriendo gravemente al sistema.
La ley del argumento cero tiene sus ventajas, pues quita a quienes se mueven en el terreno de la política, la obligatoriedad de pensar. Resultado: para presentarse a la consideración pública sólo hace falta un centenar de avales de procedencia incomprobable y unos pesos. No quiere decir esto que, a quienes disponen de fondeo a voluntad, les crezcan iniciativas como hongos. Más bien está probado que les ocurre todo lo contrario. 
Se preguntará, amigo lector, cuáles son las causas que determinan la creencia. Nadie, ni siquiera el gurú teñido de Carrió, lo sabe. Podría, no obstante, ensayarse una respuesta en base a los hechos consumados: la gente cree en lo que necesita creer. Yendo al hueso, “el acto de creer nada tiene que ver con la aceptación, por parte de un sujeto, de algunas afirmaciones como ciertas. El concepto de creer se debe entender como sinónimo de tener confianza. Ella es lo que hace vivible el mundo social. Sin confianza, ninguna sociedad es posible”, expresa Michel de Certeau en su Teoría de la Creencia.
Cabe preguntarse entonces si la mentira oportuna en las redes sociales, más allá incluso de la picarezca propia de la interna pasajera, es un método de construcción del imaginario. La verdad siempre precede a la mentira, que no es otra cosa que una respuesta cuando el argumento desaparece.

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