Orígenes de la memoria

Es fundamental que cada persona sepa descubrir su virtud esencial y potenciarla. En medio, la oportunidad, como herramienta objetiva al menos, es un bien de mercado. Conclusión: nuestros enemigos verdaderos lograron convertir esta mayoría, en aspirantes a una oportunidad y esa carga, absolutamente subjetiva, nos impide consolidar la cohesión que el país necesita. Somos todos iguales, pero algunos son, objetivamente, más iguales que otros.


Hace 43 años, más o menos, entramos a una larga y extenuante noche. La de la dictadura, pensará usted con cierta inocencia. No. La de la desmemoria selectiva. La de nuestra posibilidad objetiva de decirnos la verdad porque, se sabe, en algún momento decirla, sin tapujos, será negocio para todos. Muchos pensamos que la luz sobre los hechos, puesta en manos de la democracia naciente, alcanzaría para iluminar ese camino que tanto necesitábamos. No fue exactamente así. 
Y pese a que las generaciones, que vinieron a corroborar esos hechos, dimensionan la desgracia de un país ennegrecido por sus dueños, carecen de la oportunidad objetiva de buscarse en aquellos días de fuego. Hay mucha sobreactuación. Mucha tapa de diario, una sobre otra. Mucho converso que usufructúa el perdón social y no devuelve la esperanza robada. Es cierto, necesitamos ese perdón para seguir viviendo, pero su condición unilateral no sirve para catalizar la democracia. 
En el pago chico el presente no es menos escabroso. Por este camino, llegará un momento en que el Día de la Memoria convertirá su fuego en una efeméride, escrita por un inescrupuloso. Entonces la historia terminará de matarnos, como lo ha hecho con nuestra revolución inconclusa, a la que algunos ingenuos no tan ingenuos asocian aprovechando el entrevero entre pueblo y partido. La memoria es un hecho más jodido cuando nos cruzamos en la calle con los partícipes necesarios. Colaboradores devenidos en abuelos buenos. 
No obstante, no podemos cometer el error de pasar a nuestros hijos ese veneno. Moriremos con él en la venas aunque, en el atardecer de nuestro tránsito ciudadano, quizá nos preguntemos si hicimos lo correcto. Si no corremos el riesgo de que, en unos años, alguien escriba una mentira que la gente crea, que prometa rizos dorados y ojos azules para todos y la necesidad lo convierta en una construcción aceptable. “Así, como cada mano cuenta una historia, lo impreso fijará el discurso y creará una huella”, dicen los estudiosos de la lengua. 
El desafío entonces, será fijar la huella, crear un lenguaje hereditario y volver sobre los pasos de la historia, para que el pueblo la escriba.

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