La demagogia del fondeo público

El recorte resiente el servicio de los funcionarios

Generalmente queda bien recortar fondos públicos, aduciendo que con ello las cuentas del Estado pueden cerrar mejor. Nada más alejado de la realidad. Para saber por dónde debiera comenzar a recortarse, es preciso estudiar con precisión el Presupuesto. Completo.

Para comenzar, un dato para los contribuyentes que suelen atribuirse una conducta contributiva que dista bastante de la realidad: en Concepción del Uruguay, en general, se recauda menos de la mitad del monto de la tasa de comercio (Higiene, Profilaxis y Seguridad), aunque un estudio más a fondo permitiría establecer que quienes pagan no declaran el ciento por ciento de sus recaudaciones.

El otro tributo de referencia, Tasa General Inmobiliaria, apenas llega al 40 por ciento. Podrá decirse, con razón, que muchos vecinos no reciben ninguna contraprestación, pero eso forma parte de un debate que roza el cuento del gran bonete.

Recorte a machete

Pero volviendo al eje de la cuestión, recortar gastos de funcionamiento no siempre asegura que los servicios del Estado aporten a cerrar el déficit. Más bien ocurre todo lo contrario, ya que quienes primero sufren ese recorte no pertenecen a la planta política. El resultado marca que en algunos casos, si no hay vehículo, no hay tarea.  No es racional que un empleado deba utilizar el de su propiedad para cumplir sus funciones.

La presente es una época en la que, particularmente, cae bien a la opinión pública anunciar recortes, cosa que es una realidad a medias que, en el fondo, no hace sino esconder la verdadera raíz del problema. Si uno se atiene al principal originador de déficit provincial, por ejemplo, debería mirarse un poco más a la Caja de Jubilaciones. Hay formas de reducirlo, pero nadie, ni el gobernador Frigerio, le echarán mano a los privilegios de la Justicia, cuya nómina de cargos, sean magistrados, agentes o simples empleados, representan montos que ningún otro convenio colectivo sueña tener.

Entonces, más que un recorte, es preciso desplegar una estrategia cuya planificación responda casi a incisiones de un galeno. Si es el marketing político quien aconsejará dónde amputar, los resultados se parecerán a un cambio lampedusiano. La paradoja expuesta por Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957) expresa una contradicción aparente: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».

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