Arteche en el sillón de Rivadavia

El presidente Javier Milei acaba de mostrar, como una avant premiere, el horizonte próximo de su plan libertario. Mala noticia para una nación cuya parálisis avala esta fiesta de sadismo y esquizofrenia. La burbuja cripto, inflada a puro artificio, es sólo un anticipo de lo que quedará del pobre país al momento de la toma de ganancias que, inexorablemente, concretarán quienes diseñaron el experimento.

Tanta infoxicación a fomento, deja la verdad cada vez más lejos del entendimiento popular y, en lugar de aclarar las cosas, termina minando la credibilidad al punto de no distinguir ficción y realidad. En la Argentina de la plata dulce, donde trabajo y esfuerzo son sueños de la gilada, aquellos que puedan ostentar los quilates de su vulgaridad en una selfie, van camino a convertirse en ejemplo.

Pero ¿qué busca Milei con una maniobra tan burda? Acaso la salida más rápida hacia su eyección de la Casa Rosada. Si es así, la solicitud de juicio político se convertirá en un sainete donde la avanzada progre caerá en la trampa de una nueva zoncera nacional. No sería racional facilitarle las cosas a este inédito proyecto de entrega patrimonial y retroceso moral que vive la nación desde hace poco más de un año. En absoluto. Corremos el riesgo de pasar todo el año electoral discutiendo mentiras como verdades y enterrando la verdad imprescindible.

El juego propuesto por un gobierno sin sustento amenaza infectar su Cody Cross a la opinión pública. Razón de más para dejar en claro la salida a un electorado que ha dado ya muestras de responder con el voto a la flauta de Hamelin. La política ha esquivado la respuesta y, para una democracia tortuosa como la de Argentina, esa escasez, representa una herida que atraviesa toda la estructura social, sustento de la vida política del país. 

Milei es producto de esa escasez. No hace falta ir tan lejos. Lo que a su lado crece tiene sustento en lo que la sociedad no ha podido forjar, no sólo en términos políticos. La crisis que vive la Argentina es la abulia de su propia conciencia. La pereza de su acción como respuesta al compromiso ético. Reemplazar la solidaridad como valor esencial. No reivindicar al trabajo como herramienta de crecimiento comunitario, ni exigir que la justicia sea la base de la distribución de su riqueza.

Miremos a Entre Ríos sino. Los partidos políticos carecen de sustento. No ven más allá de su necesidad de continuar. Planifican sus acciones en función del lugar donde pretenden estar en la próxima etapa. Desde allí avanzarán a un nuevo nivel, pero siempre en el mismo juego. Al electorado le cuesta cada vez más reconocer quién es quién. Quienes hasta hace poco más de un año eran candidatos del peronismo, resulta que ahora son funcionarios de quienes eran sus adversarios. Exceso de espíritu democrático o escasas convicciones. Lo mismo da.

En ese marco, la vida partidaria interna ha sufrido un embate de cortoplacismo donde se actúan personajes. Lejos de crecer con ideas y argumentos, se ha promovido una mixtura que borró los límites del disenso. El radicalismo, por ejemplo, herido de muerte en Gualeguaychú por el PRO, se debate en pequeñeces mientras desde la Casa Gris empujan nombres para renovar candidatos a su conducción provincial. Ahí está Federico Azcué, intendente de Concordia, bendecido por el Gobernador Rogelio Frigerio.

Los radicales más antiguos no recuerdan haberlo visto alguna vez en el Comité Provincial. Alicia Aluani, actual vicegobernadora, tiene sus avales para hacerse del cargo. En cualquier caso, lo más preocupante, desde el punto de vista político, es la injerencia. Porque nada ocurre por casualidad. Detrás asoma una iniciativa para que el partido de Milei, el PRO y sus socios radicales, terminen en una única colectora. 

Cómo soldar posturas tradicionales en cuanto al rol del Estado, la educación pública, los derechos humanos, las leyes de igualdad de género, la soberanía nacional o la autonomía provincial, por mencionar sólo algunas, será clave para la etapa que se inicia. Ya se sabe: una cosa es tragarse un sapo de vez en cuando; otra, vivir a sapos.

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